Nace en 1977 en Pamplona-Iruña.Diplomado en
Literatura Creativa, especialidad Guión de Cine y TV en la Escuela
Superior de Arte y Espectáculos TAI (Madrid). Actualmente estudia Fillología Hispánica y trabaja en su primera novela. Ha publicado textos
en diferentes revistas: El planeta de nuestra generación, Una vez en
Pamplona/Iruñean behin, el desembarco..., en prestigiosas publicaciones:
Rio Arga, Cuarto Creciente..., en publicaciones digitales: DosDoce,
alex_lootz...,y en antologías: El juego de hacer versos, el juego de hacer
cuentos (Antología conmemorativa del 10º aniversario del Aula de
Literatura).En 2005 crea el proyecto alex_lootz, en el que se encuadra la
revista literaria alex_lootz.
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no estoy contento de mí mismo
he incumplido la tarea de ser yo
he faltado a las normas del colegio
y no besaré ya más el culo de un gato
andaré ahora entre monos
como en el Laoconte de los monos
belleza perfecta hecha para ser sólo
el novio único de la nada leopoldo
maría panero
amed y hugo en lavapiés
iñaki echarte vidarte
Amed desciende por la calle Lavapiés, con paso rápido y algo inclinado,
esquivando las terrazas, llenas de gente, de los restaurantes indios. La gente,
a su alrededor, alza sus voces, llenas de palabras intranscendentes con pretensión
transcendente. Unos pasos más atrás, con el mismo paso e inclinación,
y sin dejar de mirarle, algo beodamente, el culo, Hugo, en dirección contraria
a su casa con tal motivo fugaz, le sigue los pasos. Sobre sus cabezas, una abuela
se lamenta sin demasiada convicción:
- Parece mentira que por este barrio hayan pasado reyes...
Continúa hablando, pero nadie la escucha.
Un poco más adelante, casi en la plaza de Lavapiés, Amed encuentra
a sus amigos. Se saludan con su ritual característico: palmada con la mano
abierta y apretón de manos. Charlan y ríen.
Hugo se detiene a pocos metros. Mira, distraídamente, un escaparate.
Puede escuchar la conversación, pero no comprende nada. De reojo ve el culo
de Amed, refrescante como una sandía en verano. Le excitan sus gestos
bruscos, su risa radiante, sus ojos brillantes y su piel tostada. Por un momento
se deja llevar por sus brazos tersos y musculados, asomados a su camiseta
de tirantes. Acaricia el estómago plano que se adivina bajo ésta, tan perfecto
que parece cincelado por un escultor griego. Hugo nota como su excitación
pelea por escapar de su cuerpo.
En un momento dado, Amed se gira y le mira fijamente. Hugo, nervioso
y algo asustado, retira su mirada y la concentra en el escaparate. Sólo hay
objetos, cuyas formas apenas se adivinan bajo una espesa capa de polvo. Se
vuelve hacia Amed. Está caminando hacia él.
- Hachis, hachis... - le susurra.
Hugo mete las manos en los bolsillos de sus vaqueros desgastados y
encoge los hombros. Amed le enseña la mercancía: una piedra minúscula.
- Bueno, 20 euros.
Hugo mira sus ojos. Negros y brillantes como canicas. Se mueven con
rapidez de un lado a otro. En su sonrisa faltan varios dientes, pero algunas líneas
en forma de paréntesis realzan sus labios.
Hugo saca el dinero. Al dárselo roza, durante unos segundos más de
los debidos, la palma de su mano. Al recoger la mercancía hace lo mismo con
sus dedos.
- Te invito a una cerveza -las palabras parecen haberse formado solas.
Amed acepta con cierto desinterés, aunque sin perder la sonrisa. Grita algo
a sus amigos.
Hugo le lleva al Barbieri. Se sientan en una mesa algo escondida, al final
del café, protegidos por la oscuridad y por el jazz. Hugo pide a un camarero, algo
seco, un par de cañas. Apenas hablan; Hugo no para de mirar a Amed. No
puede hacer otra cosa. Amed sonríe. Pero mira con nerviosismo a todos los lados.
Piden otra ronda, y otra, y otra más. Comienzan a tocarse. Ríen de forma
incontrolada. Sus cuerpos se buscan, se unen y se enredan. Sus lenguas comienzan
a explorar los surcos perdidos de sus cuerpos.
Los camareros, al principio, miran con expectación. Poco después se aburren
y continúan charlando entre ellos.
Amed arrastra a Hugo a su casa; una habitación desordenada, con cuatro
camas y sin armarios. Sus compañeros no están. Quizás se estén buscando la vida
en la calle. Se desnudan y se tumban sobre sábanas sucias y montones de ropa.
Amed, le susurra una melodía cautivadora, mientras desliza su pene, con lentitud
y delicadeza, por el interior de Hugo. Amed va moviéndose con mayor
rapidez y el choque de sus cuerpos produce un ruido seco, como una letanía.
Al terminar, sudorosos, respiran durante breves segundos, sintiendo el
palpitar y la respiración del otro. Se visten y salen de nuevo a la calle.
Mientras camina Hugo piensa que le gustaría intercambiar los teléfonos
y repetir. Amed sabe que esas cosas ocurren y no hay que darles importancia..
Al volver a la calle Lavapies se despiden. Amed va en busca de sus amigos.
Hugo sube, con lentitud, la calle, con las terrazas recogidas y casi desierta.
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