núria casadó

Nace en Barcelona un caluroso 31 de julio de 1974. Inicia la licenciatura de Periodismo en la Facultat de Ciències de la Comunicació Blanquerna, en Barcelona, y acaba la diplomatura de Literatura Creativa, especialidad : Guión de cine y televisión, en la Escuela Superior de Artes y Espectáculos TAI, en Madrid. Escribe guiones cinematográficos y toda la literatura que puede. Aunque no es de donde provienen los ingresos, con los que paga las facturas cada principio de mes. Pero no por eso, abandona su sueño, hasta que le queden palabras y emociones seguirá luchando por él.

 

 

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no estoy contento de mí mismo
he incumplido la tarea de ser yo
he faltado a las normas del colegio
y no besaré ya más el culo de un gato
andaré ahora entre monos
como en el Laoconte de los monos
belleza perfecta hecha para ser sólo
el novio único de la nada

leopoldo maría panero

 

 
    

 

blanco

núria casadó

       A esas horas el sol sumía en un vasto estado de inconsciencia las blancas callejuelas del pueblo. Todos desaparecían, era el mes de julio en un lugar de las playas del Sur . El calor se aplastaba contra el paisaje, volviéndolo borroso y una inmensa quietud lo embargaba todo, nada se movía, nada se agitaba. Reinaba un silencio implacable. Dieron las tres y nos quedamos las dos solas en la taberna.
       Llevaban una semana anunciando una tremenda ola de calor procedente del Sáhara. Las radios, las televisiones, los tenderos, los vecinos, cada uno de ellos explicaba a su manera lo que nos esperaba. No me alarmé demasiado, nací y viví mis cuarenta años en este pueblo, y no había verano que mi memoria recordase, en el que el Sáhara no viniera a trastornarnos. Aunque por si acaso, procuré acabar mis dos tareas del día antes de que el sol empezara a derretirlo todo como a puro caramelo. Uno, llené los dos capazos que me había preparado mi marido de hermosos tomates. Dos, los llevé a la taberna. Desde el primer momento que salí a la calle, sentí que esa vez iba en serio. Un espeso vaho perpetraba a través de la piel, el aire era denso, quemaba al aspirarlo. Hice el camino a tientas, era imposible abrir los ojos, las calles se habían convertido en un desgarrador destello blanco. Blanco como una ausencia llena de significados. No pude dejar de pensar en ellos. Pureza, confianza, terror, desilusión y, como no, muerte. Era una mezcla, a partes iguales, de azúcar y veneno. O tal vez, el blanco fuera nada, aunque nada nacía de la nada, con lo que nada podía convertirse en nada. Intenté mirar fijamente, con los ojos entreabiertos, pero el blanco me agotó, aunque no me sació, porque el blanco era como una promesa no cumplida que se niega porque el menor error lo quebranta, el menor descuido lo altera, la menor tacha lo desluce. Decididamente, me estaba volviendo loca, lo que casi podía asegurar en ese momento era que el blanco nacía de la confusión y, probablemente, en alguna playa del Sur.
       Tendría unos veinticinco años y no era de por allí. Su piel achocolatada brillaba empapada de sudor. Llevaba puesto un fino vestido de hilo: Blanco. Entró medio desfallecida, se acercó a la barra, justo donde yo estaba, y con un gesto torpe pidió algo para beber. Dejó caer su brazo y se encontró con mi mano. Nos rozamos y sentí un calor desmesurado que nada tenía que ver con los cincuenta y pico grados del exterior. Ella también lo debió sentir, me miró fijamente, insolente, como intentando descifrar lo ocurrido. Y sonrió. Y me avergoncé, sin saber exactamente, cúal era el motivo. Pero sabiendo exactamente cuál era el deseo. Recordé una de las historias que habían contado en la radio, la de la isla de Siroco. Un lugar anclado en medio del Pacífico, donde durante tres semanas al año el calor era tan insoportable que las leyes contemplaban que cualquier delito cometido en esa fechas, sólo tenía un culpable, el fuego con que el calor dilataba los cerebros de los isleños. Seguro que no era muy distinto a la llama ardiente que se encendía en ese momento en mis entrañas, pensé al tiempo que la descubría. No dejamos de mirarnos, no dejamos de rozarnos, no dejamos de vibrar, no dejamos que saliera ni una torpe palabra de nuestros labios. Lo único que dejamos fue nuestro cuerpo y nuestra mente en Blanco. Pintamos el momento del color del más allá, más allá del color. Sin tintes, estos eran sinuosos como anguilas, como la conciencia, polisémicos como la mirada seductora, transitivos como un alma peregrina. Mi falso convencimiento se impuso a la fuerza conservadora de la vida. Ardiente y blanco como los límites del fuego, como la nieve que quema. Blanco. Blanco. Blanco.

 

 
 


   
 
 
 

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