Nacido en Ciudad Real en 1967, a los dieciocho años me vine a Madrid a estudiar Matemáticas (intrigado por las
implicaciones filosófico-religiosas del teorema de Gödel). Acabé la carrera habiendo perdido la fe en las matemáticas
y creyendo en Dios. Empecé a escribir haciendo la mili en la marina: el mar ha marcado mi vida (sobre todo
por su ausencia desde entonces). Desde que descubrí los blogs he perdido la vergüenza a que otros lean lo que
escribo. Soy coautor del blog de poesía homoerótica "La taberna del mar" y colaborador en la página web
www.dosmanzanas.com en la sección de cultura, donde me dedico a comentar películas y libros de temática LGTB.
Me apasiona viajar a países con cultura islámica y he recorrido junto a mi marido (con el que me casé hace un
par de años, en cuanto nos dejaron, tras más de diez años de vida en pecado) Egipto, Siria, Túnez, Líbano, Turquía,
Jordania, India o Uzbekistán. Ahora me dedico a estudiar arte e historia, compaginándolo con mi trabajo de matemático
especialista en ciencias de la computación en una empresa energética, y con las veleidades internáuticas
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no estoy contento de mí mismo
he incumplido la tarea de ser yo
he faltado a las normas del colegio
y no besaré ya más el culo de un gato
andaré ahora entre monos
como en el Laoconte de los monos
belleza perfecta hecha para ser sólo
el novio único de la nada leopoldo
maría panero
carlos y carlos
josé l. serrano
Carlos y Carlos viven juntos, pero separados. Carlos tiene dos
niñas y Carlos otras dos. Carlos está casado con una enfermera y
Carlos con una peluquera. Por la mañana, ponen el despertador los
dos a la vez: a las siete menos cinco. A través del tabique que separa
sus casas pueden oír cada uno el despertador del otro. Carlos desayuna
de pie, pero Carlos necesita sentarse. Ese tiempo que Carlos ahorra
en el desayuno lo aprovecha afeitándose delante del espejo, porque
Carlos tiene una barba cerrada y le gusta apurar al máximo.
Mientras, Carlos come tostadas y ve un poco la tele, pero sin sonido,
porque le gusta oír el ruido que Carlos hace en el cuarto de baño,
dando golpes en el lavabo con la maquinilla de plástico desechable.
Cuando terminan, los dos se meten en la ducha a la vez, y sienten que
es el mismo agua el que les moja, Carlos abrasado y Carlos tiritando,
porque le gusta el agua fría. Sus mujeres siguen acostadas, entran a
trabajar un poco más tarde. Carlos se pone su traje azul oscuro y la
camisa a cuadros recién planchada. Carlos un jersey y pantalones
vaqueros. Mientras se ata los zapatos, Carlos recuerda cuando conoció
a Carlos en la primera reunión de vecinos hace ya casi seis años:
recuerda sus ojos negros y su mirada implacable, la suavidad de sus
palabras y el ligero olor a tabaco que desprende su boca, sus enormes
manos y su cuello blanco. Sin embargo, Carlos no se acuerda de esa
primera reunión, pero sí de la primera vez que subió con Carlos en el
ascensor, de su gigantesca espalda, de su sonrisa amable, del roce de
su mano contra el bolsillo derecho del pantalón. Mientras despierta a
las niñas, Carlos se pregunta si no se ha equivocado en algo, si no
sería mejor dejarlo todo y olvidarse, irse a vivir a otro lugar, lejos,
donde no pueda saber si Carlos se ha levantado o acostado o desayunado.
Carlos, por el contrario, piensa que lo mejor sería poner de una
vez las cartas sobre la mesa, reunir a ambas familias y decirles lo que
pasa, las niñas son pequeñas, van a sufrir menos ahora, cuanto antes
mejor. Carlos entra en el dormitorio y da un beso a su mujer, se dirige
a la puerta y coge una gabardina gris muy elegante. Puede oír el
ruido de las llaves en la puerta de Carlos, que ya sale con un chubasquero
azul, porque llueve. Carlos y Carlos se miran y sonríen, ansiosos.
Llaman al ascensor y una vez dentro, dan rienda suelta a sus efímeras
pasiones. Viven en un tercero. Están pensando en irse a vivir a
un sexto. Un octavo quizá sería demasiado bueno.
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