[ uno : el trayecto ]
Arenal de tiempos. Miro hacia adentro
y busco metódicamente el aliento de agua y la
intuición,
una creencia reconciliada con el alma.
La iluminación regresa a su vieja intensidad,
a lo largo del trayecto
y sobre el nombre de cada cosa
¡Hasta dónde se extiende la constante del desarraigo!
Un desprendimiento consecutivo, una materia revestida
de deseo,
se recorta sobre la boca de la mirada y los reflejos
ardientes al interior
acercan y alejan indistintos trazos -la luz articula
una arquitectura
de dimensiones ciegas y pienso “la nostalgia es mi
signo”
esta saliva que dice y desdice la lentísima genealogía
de las posibilidades perdidas.
Este fuego no dará cenizas, no castigará otros
cuerpos.
[ dos : espejos ]
No estoy tras de un verso sino de una patria. Me
enardezco y lloro profundamente.
¿Qué espejo es éste?
Verás mis ojos y encontrarás el estallido del
silencio.
Paria sin serlo, disemino una misma seña sin sentido
en los años y los objetos -no somos, pues, cosas,
imágenes, signos?).
[ tres ]
entre todos y nadie, entre los antónimos perfectos.
entre todos y nadie, los anónimos perfectos.
[ la ciudad ]
La ciudad es una palabra que no excluye las sombras de
otras.
La ciudad es una equis. Mis pasos arrastran un sordo
eco
de nombres de calles de cuerpos de ceniza.
En un beso, una noche una mujer me dijo “hueles a
anacentrismo”
La ciudad, su gente... ya no recuerdo.
Estoy de pie al final de la calle del Arenal. Aquí
mirando hacia el frente, todo termina.
Aquí, de pie al final de la calle,
si giro y veo hacia atrás,
si vuelvo sobre mis pasos y pongo la mirada
en el destino de la nostalgia,
si giro y veo hacia atrás,
todo comienza. La calle del Arenal, mi vida,
la de los otros, la de nadie.
Vuelvo atrás sobre mis días
y todo sucede de nuevo. Todo empieza con la memoria.