leopoldo alas

(Arnedo, 1962) es poeta, novelista, ensayista y periodista. Se licenció en Filología Italiana por la Universidad Complutense y siempre ha vivido en Madrid. En 1987 fundó la revista poética Signos, que dirigió hasta su desaparición en 1992. Ese mismo año creó con el editor Julio Romero la colección de libros de igual nombre, que dirigió hasta 1999. En 2004 empezó a dirigir la colección de poesía Ocnos Alas, que publica la Editorial Dilema con el respaldo de la Escuela de Letras de Madrid (EDLM). Desde 1986 publica con asiduidad sus artículos en numerosas revistas y periódicos y es colaborador de EL MUNDO desde que se creó en octubre de 1989, actualmente con la columna Speaker’s Corner que publica los sábados en el suplemento de Madrid (M2). Ha sido asesor editorial y colaborador de la revista ZERO y, desde septiembre de 2004, dirige y presenta en Radio 5 (RNE) el programa Entiendas o no entiendas que, en su cuarta temporada, se emite los sábados por la noche, de 00’15 a 01’00 horas

 

 

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no estoy contento de mí mismo
he incumplido la tarea de ser yo
he faltado a las normas del colegio
y no besaré ya más el culo de un gato
andaré ahora entre monos
como en el Laoconte de los monos
belleza perfecta hecha para ser sólo
el novio único de la nada

leopoldo maría panero

 

 
    

 

los poderes de embrujada

leopoldo alas

      Durante mi infancia fue, con diferencia, mi serie favorita. Había vuelto a ver algunos episodios hace unos años, en una reposición que emitió Antena 3. Pero nunca la vi en versión original. Recuerdo perfectamente aquellas voces del doblaje mexicano, por lo demás entrañables, con las que nos tragamos tantas películas y series americanas. No es que estuvieran mal pero el cincuenta por ciento del trabajo de los actores son sus voces y privarnos de ellas es un delito estético imperdonable. No es casualidad que el doblaje fuera un invento fascista: nació en la Italia de Mussolini y aquí, en la España franquista, no tardó en adoptarse. En cambio, en Portugal, en Inglaterra o en Francia siempre han tenido la sana costumbre de proyectar y emitir las películas en versión original. Pues bien, cuando hace poco encontré en la Fnac una de las temporadas de la serie, no dudé en comprarla, y corrí a casa a reencontrarme con aquellos personajes que tanto me habían entretenido en las tardes de los años sesenta y setenta, cuando yo era un chaval ansioso de trasponer los límites estrechos de una realidad que sólo la fantasía y la imaginación conseguían ensanchar.
     Producida por William Asher, las serie Embrujada, que se emitió entre 1964 y 1972, se inspiró en la película de René Clair Me casé con una bruja (1942), protagonizada por Veronica Lake y Fredric March, así como en la posterior versión dirigida por Richard Quine y protagonizada por Kim Novak y James Stewart, cuyo título original era Bell, book and candle (1958). La serie cuenta las peripecias de un joven matrimonio mixto formado por la bruja Samantha Stephens, a la que interpreta la actriz Elizabeth Montgomery, y el mortal Darrin Stephens, que fue interpretado primero por Dick York (entre 1964 y 1969) y posteriormente por Dick Sargent (entre 1969 y 1972). La madre de Samantha, suegra irreconciliable de Darrin, a quien putea a placer, era la genial actriz Agnes Moorehead. A Tabitha (Tábata en español), la hija de Samanta y Darrin, que hace magia tocándose la nariz, la interpretaron dos niñas actrices, las hermanas Erin Murphy (de 1966 a 1968) y Diane Murphy (de 1968 a 1972). Darrin es publicista y su jefe se llama Larry Tate (David White). Otros brujos recurrentes aparecen con frecuencia en la serie, entre ellos el Tío Arthur (Paul Lynde), el Doctor Bombay (Bernard Fox), Esmeralda (Alice Ghostley) y, por supuesto, Serena, la hermana de Samantha, a la que interpretaba la propia Elizabeth Montgomery en uno de los desdoblamientos actorales más sutiles que he visto nunca. Lo cierto es que todos los actores que intervienen en la serie son espléndidos. Tienen la calidad interpretativa de los mejores cómicos. Yde hecho la atmósfera de la serie, cuyos episodios tienen la virtud añadida de durar veintipocos minutos, es fundamentalmente teatral (sus escenarios principales son la casa del matrimonio Stephens y la oficina), como correspondía a las ficciones televisivas de aquellos años, aunque a la vez la serie supo incorporar las ventajas que le daba el medio, fundamentalmente el ritmo y los efectos especiales, sencillos pero de una eficacia espectacular.
     Embrujada es absolutamente pop y transmite todo el optimismo, el sentido del humor y el bienestar de los años sesenta y primeros setenta. Siendo una serie familiar, la familia que la protagoniza es un auténtico delirio. De hecho, los excesos de la magia contribuyen poderosamente a relajar los valores morales y la mujer empieza a emanciparse: en la piel de la bella Samantha, que trata de no utilizar sus poderes extraordinarios para complacer a su marido pero que demasiado a menudo no puede evitar servirse de los atajos que le proporcionan, la mujer no se limita a cumplir sus labores de ama de casa sino que en repetidas ocasiones demuestra una capacidad y unas aptitudes que hasta entonces se habían reservado sólo para los hombres. Diría incluso que la magia funciona en la serie como una feliz metáfora del cambio social. Pero mientras que en otras películas y series, como la reciente y mucho más conservadora Embrujadas, la magia va acompañada de rancios hechizos medievales, con libros oscuros y fórmulas complicadas, en mi serie favorita de la infancia la magia era tan inmediata como chascar los dedos, agitar los brazos o mover la nariz. Y sin duda esa actualización de la magia, convertida en un fenómeno contemporáneo y cercano, de andar por casa, fue una de las claves de mi fascinación infantil con esta serie, que se ha mantenido intacta con el paso de los años, como ahora he tenido ocasión de comprobar al disfrutarla de nuevo.

 

 
 


   
 
 
 

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