Nace en Santander en 1939.
se licenció en Filosofía y Letras
(sección filosofía) por la Universidad
de Madrid y es Bachelor
of Arts en Filosofía (Birbeck
College, Londres).
residió en Inglaterra desde
1966 hasta finales de 1977. Su
obra narrativa lo ha consagrado
como uno de los
maestros indiscutibles de la literatura
española contemporánea.
Ha publicado las
novelas: El Héroe de las mansardas
del Mansard (Premio
Herralde de Novela 1983), El
hijo adoptivo, El parecido, Los
delitos insignificantes, El metro
de platino iridiado (Premio de
la Crítica 1991), Aparición del
eterno femenino contada
por S.M. el Rey, Telepena de
Cecilia Villalobo, Donde las
mujeres (Premio Nacional de
Narrativa, Finalista Premio Europeo
de Literatura Aristedon
y Premio Ciudad de Barcelona),
La cuadratura del círculo
(Premio Fastenrath de la
Real Academia Española), El
cielo raso (Premio de Novela
Fundación José Manuel Lara
2001 a la mejor novela publicada
en español), Una ventana
al norte y Contra natura
(Premio Salambó y Premio
Ciudad de Barcelona).Es autor
También de Relatos sobre
la falta de sustancia y Cuentos
reciclados; y de los articulos
recogidos en Alrededores.
su creación poética ha sido
reconocida con el Premio de
Poesía El Bardo por su obra
Variaciones (1977). Recientementre
ha publicado Protocolos
(1973-2003), una recopilación
de sus cuatro libros de
poesía.
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no estoy contento de mí mismo
he incumplido la tarea de ser yo
he faltado a las normas del colegio
y no besaré ya más el culo de un gato
andaré ahora entre monos
como en el Laoconte de los monos
belleza perfecta hecha para ser sólo
el novio único de la nada leopoldo
maría panero
ideas para escribir
una novela titulada
una ventana al norte
álvaro pombo
Comenzaré con inmensa sencillez, por Almudena Grandes y su reciente
participación en los cursos de verano de la Universidad Complutense en San Lorenzo
del Escorial. De cómo se coló en el curso de poesía de su esposo y afirmó,
del temor a la página en blanco, lo siguiente: “Eso se llama crisis y es una pérdida
de fe en tus personajes, en la historia de la novela. Cuando me pasa, me dedico
a cocinar durante un tiempo, porque igual que se pierde la fe, se recupera”. Admirable
receta, literaria ésta: también yo me dedico a la cocina en momentos de
crisis. Yo suelo, además, complementar la cocina con una intensa atención a los
trabajos preparatorios de otros novelistas, y en especial los de Henry James, tal
y como quedan expuestos en sus Cuadernos de notas, 1878-1911. ¿Me encuentro
yo ahora ante una página en blanco? ¿Me encuentro yo, también como Almudena
Grandes, sin saber cómo empezar, cómo seguir o como concluir una novela?
Tengo que reconocer que sí. Y si precisar algo más, tengo que decir que mi experiencia
ante la página en blanco en esta particular novela en la que me hallo metido
(Una ventana al norte), no se caracteriza tanto por la inmensa blancura de lo
que me falta, como, al contrario, por la intensísima blancura de lo mucho que sobra:
debo reconocerme. Como Almudena Grandes, en blanco por exceso más bien
que por defecto. Voy a exponer ante el lector, en estas páginas que siguen, todo lo
que tengo de mi nueva novela, es decir: el tema, la circunstancia y el ambiente,
los personajes más importantes, alguna clave estilística-narrativa. Pero antes de
detallar estos elementos y reflexionar sobre ellos, me parece indispensable considerar
un texto del prólogo de Henry James The spoils of Poynton: “Dado que la
vida es toda inclusión y discriminación, en tanto el arte es todo discriminación y
selección, el artista, en busca del duro valor latente que le concierne de modo excluyente,
olfatea la masa con el preciso instinto de un perro que sospecha dónde
hay un hueso enterrado”. Deseo detenerme aquí: me interesa esta imagen del perro
olfateando el lugar donde sospecha que hay un hueso enterrado: yo soy también
ese perro: estoy ahora mismo con todo el material de mi nueva novela entre
las manos, exactamente en el punto donde se encuentra ese perro que olfatea. Es
natural que, como ese perro a punto de comenzar a escarbar furiosamente, yo esté
repleto de ilusiones: el perro imagina su hueso mucho más sabroso, tierno y repleto
aún de adherencias cárnicas, de lo que es en realidad el hueso mondo y lirondo
que acabará por encontrar. “La diferencia aquí, sin embargo –continua
James- estriba en que, mientras el perro desea su hueso sólo para destruirlo, el artista,
en su minúsculo trozo limpio de desagradables adherencias y tallado en sagrada
aspereza, encuentra la materia misma para una clara afirmación, la más
afortunada oportunidad para crear lo indestructible”. Deseo conducir a los amables
lectores de este artículo a través de este hueso enterrado, y a tomar parte en
lo que Henry James denominaba: “la batalla íntima con la idea particular, el tema,
la posibilidad, el lugar”. Y para aumentar, un tanto vanidosamente quizás, el paralelismo con la situación de James a la hora de inventar un asunto, voy a reproducir
otro texto de estos Cuadernos de notas: “26 de diciembre de 1893 (34 De Vere
Gardens): En esta silenciosa tarde, en un Londres desierto tras la Navidad, he estado
sentado a la lumbre intentando coger la punta de una idea, de un tema. Vagas
evanescentes formas de concepciones imperfectas parecen rozarla a uno la cara con
un velo de inspiración, un aleteo de alas impalpables. El espíritu prudente toma nota
puntual de lo que pueda ser menos indefinido, de cualquier cosa que acceda a una
relativa concreción ¿Hay materia para un cuento? ¿Hay materia para una obra en algo
que podría ser más o menos como sigue? Lo que estoy persiguiendo es la obra
pero de todas formas bien vale la pena, asimismo, la otra posibilidad.” ¿No es conmovedora
esta imagen de Henry James en este año 1893, el gran Henry James, perfectamente
maduro novelista ya, dueño de todos sus recursos, a punto de escribir esa
admirable narración larga-corta, que es Los despojos de Poynton? ¿No es emocionante
verle ahí, en la grisalla de un 26 de diciembre, ante su chimenea. Inmensamente
lúcido y consciente de sí mismo y de su mundo, intentando capturar la punta de
una idea, de un tema? Me he permitido reproducir esta imagen, que incluye una cita
excesivamente larga quizá, porque creo que todo narrador honrado, por maduro
que sea, por seguro que se sienta de su destreza técnica o de la energía de inspiración,
se reconocerá en esta imagen del Henry James de Londres, tan próximo, curiosamente,
después de todo, a la imagen de Almudena Grandes profundamente inmersa
en su guiso de “liebre a la cazadora”. Nosotros tres; Henry James, Almudena
Grandes y yo mismo, tenemos mucho hecho ya al día de hoy, pero aún nos queda
mucho por hacer, nos queda todo por hacer. Aún no sabemos ninguno de los tres si
todo esta material que a continuación presento, como el perro que desentierra un suculento
hueso, dará para una mera faena de aliño y al callejón, para un cuentito de
primavera-verano, o para un obra narrativa en toda la extensión y profundidad de esta
frase. Son las ocho y veinte de este jueves del rotundo ferragoso de Madrid. De
sol a sol, y aún falta un largo rato para que el sol se ponga, he ido y he vuelto como
el perro de James, sospechando que tengo un hueso indescriptiblemente sabroso,
grande y creador, escondido en la seca, ardiente era, de mi cabeza estival. Y sé que
allá en lo alto, en los más altos y feroces pisos del Fierabuilding – donde se gestan
las bofetadas a Molina-Foix y los menosprecios a Almudena y a mí mismo- una fiera
enfoca sobre mí su catalejo y cata que, al paso que voy, me va a salir Una ventana
al norte un novelón flojón de pesebrista de Polanco. ¡No lo quiera Santa Rita de
Casia, patrona de todos los engendros imposibles! ¡ No lo permita Dios ni el poderoso
estío, que deja sin aliento, aquí en Madrid, a los más nobles y tenaces!
(1)
Idea para una novela de unas trescientas páginas para escribir en año y medio.-
A partir de una de esas narraciones familiares (relatos, anécdotas, bocetos de
personajes que reaparecen -o reparecerían-: el modo de aparecer de esos relatos es
siempre pasado: son relatos del pasado anterior a mi propio pasado, que, ahora, en
relación con mi propio presente, son reduplicativamente pasados, porque ya no los
oigo referir: ahora soy yo quien los refiere: el único tiempo presente existente es el
mío propio). (¡) Narraciones familiares en las cuales hay una protagonista codificada
ya casi por completo: así mi protagonista, Isabel, es una señorita de Santander,
nacida a principios del S.XX, hija única de un matrimonio de la alta burguesía santanderina,
que viven confortablemente de sus rentas en un magnífico piso del Muelle,
con un chalet encantador para pasar los veranos en la Vega del Pas. Esta chica
se vive a sí misma como una heroína locuaz de una novela romántica. Con el paso
de los años, va convirtiéndose en una joven excéntrica que detesta las rutinas y las
convenciones de la aburguesada casa de sus padres, que sueña despierta con viajes y, sobre todo, con novios: maravillosos chicos bien parecidos que vienen a Santander
de veraneo, o en viaje de negocios, o de paso hacia cualquier remota Patagonia
o archipiélago de Oceanía. En Santander, el mar tiene un doble filo, porque es, en la
conciencia de los santanderinos, a la vez mar cerrado y mar abierto: en el cerrado
mar de la bahía de Santander con el puntal y la desembocadura del río Cubas y el
astillero y la Albericia y el Club Marítimo y la Canal y Puertochico y la Magdalena,
el palacio, y la playa de la Magdalena, con la casona de las Pombo Quintana, donde
pasó unos días de verano Rainer Maria Rilke en 1923, como una casa en cuyas
habitaciones, conservadas tal y como se pensaron y decoraron allá por los años veinte,
cuando esa casona era la única que había en la playa (antes de construirse el palacio
de la Magdalena estaban ahí los Pombos de la playa) en la bahía de Santander,
la mar cerrada contiene la mar abierta como un ennegrecimiento del oleaje, un enfriamiento
arriesgador de la voluntad de navegar mar adentro aunque se navege modestamente
en un bote de remos bien pegado a la costa, en viaje desde la playa de
la Magdalena a la primera y segunda playas del Sadinero. Isabel también viaja así,
tan mentalmente como ahora yo, con sesenta y tres años, voy y vengo en botes de
remos, sin atreverme a llegar del todo a los acantilados de la isla de Mouro, salvo en
días inmensamente tranquilizadores de sol y hasta de tedio. Este personaje, Isabel,
está hecho, a partes iguales, de un personaje real, femenino, locuaz, extravagante,
elegante, que fascinó a las hermanas de mi madre y a mi madre cuando eran todavía
adolescentes, y que acabó muriendo, con todas las de la ley romántica, lejos de
su tierra natal, de su abrigada casa familiar, tras haberse fugado con un chico y cruzar
el mar y los desiertos mexicanos de Sonora y de Chihuahua, tras haber vivido
cerca de un mes en Ciudad Juaréz y cruzado la frontera para morir de un embarazo
–o quizás de un envenenamiento, ¿fue quizá un suicidio?- en El Paso en 1932. A este
personaje, a esta Isabel, le he proporcionado yo mis ensoñaciones diurnas de sesentón
y toda mi flota de goletas y de fragatas de vela y de vapor y de trasatlánticos
y de barcos de guerra que abarrotan las paredes de mi cuarto de estar en Madrid. Le
he proporcionado mi desenvoltura, una buena tanta de “cinismo Pombo”, otro tanto
de humor: a la vez que me alimentaba de mi propio sentido del humor y pasión por
la lejanía, la enfermedad de las lejanías de Isabel, mi protagonista. Tenía, por lo visto
fama de noviera, y en mi relato tiene, como tuvo en realidad, un pretendiente rico
y guapo, el que le gustaba a sus honorables padres, y otro pretendiente, aún más
guapo, pero no tan rico y, en cambio, mucho más aventurero y viajador, un joven indiano
venido desde México y que deseaba regresar a México casado con una señorita
de Santander. ¡Oh, Neptuno, oh, Mercurio, santo patrón de todos los ladrones!
–que diría Ezra Pound. ¿No es este un relato tan provinciano, tan santanderino y tan
de Santander, que no podrá nunca alzar el vuelo ni ser más que una viñeta costumbrista
adobada con un poco de snobismo montañés? Con todo esto, he reunido en
este año pasado unas ochenta páginas. Ha pasado un año y no tengo todavía del todo
una novela: tengo sólo el título –muy santanderina, por cierto- de una novela (Una
ventana al norte), y un personaje destinado a vivir poco, unos treinta y dos años o
treinta cuatro años en total, que tira de mi imaginación y que, desde el interior agreste
de sus ochenta ya acabadas y satisfactorias páginas, patalea y vocea y larga y larga,
queriendo prolongarse doscientos folios más. No estoy proponiendo ninguna absurda
teoría unamuniana ni pirandeliana de personajes en busca de autor: mi
personaje, Isabel, y sus circunstancia santanderina, es, sencillamente, un relato que
yo cuento y que –como un hueso hundido en tierra- me hace dar vueltas y vueltas y
olfatear, y casi no me deja ni salir de casa ni empezar ni concluir ninguna otra cosa,
excepto, como el perro de Henry James, escarbar y olfatear buscando el hueso.
(2)
Idea para sacar a Isabel de Santander y llenar doscientos folios largos y convertir un relato muy
bien escrito hasta la fecha, muy pombiano, muy humorístico, muy bien traído y muy menor, en un relato
de arte mayor, quedando todo lo anterior igual y a la vez realmente universalizado, enaltecido y traspasado
de su brillantez de arte menor a su innata (pero aún oculta) brillantez y poderío de arte mayor.-
Este indiano, de origen pasiego, que Isabel, más o menos por casualidad, se encuentra un buen día
en uno de sus románticos paseos por la Segunda Playa, se llamará Indalencio Cuevas. Es, para Isabel, una
encarnación deslumbrante del novio soñado, del amante perfecto. Tiene además un componente fuerte de
extraterritorialidad: no es extranjero en sentido estricto, pero posee esa extranjería de lo –por lo menos momentáneamente-
ido y regresado. Es guapo y alto y moreno y como amestizado o acriollado (Isabel usa
esas terminologías malamente, igual que “indiano”, igual que “gachupín” o igual que “colonia” o “almacén
de coloniales”. Isabel tiene “una ventana al norte”, que decimos en Santander para designar a todos
los que estamos muy “p´alla” o “very far out”. Si se desea un correlato poético de esta noción santanderina
de “una ventana al norte”, el lector debe leer el poema de Wallace Stevens Tea at the palace of whom.
Finalmente Isabel e Indalencio se casan y escapan de Santander y se plantan en Ciudad de México. Estamos
en 1925-26 y la situación mexicana no puede ser peor: es el inicio de las revueltas cristeras: una sangrienta
guerra que durará tres años. Yo sitúo a mi personaje, recién desembarcado, en una Ciudad de México
particularmente recorrida por los conflictos de la relación entre la Iglesia y el Estado. Aparecen dos
nuevos personajes, un sacerdote católico, de origen español, de nombre Ubaldo Zamacois –que a nivel de
los conflictos provocados provocados por la actuación política del presidente Plutarco Elías Calles se ve
obligado a ocultarse en la capital, de paisano en casa de una hermana: tras abandonar la diócesis pasa la
tarde en casa de Indalencio e Isabel, una confortable casa con patio español en el centro de la Ciudad de
México. Creo que vale la pena resumir aquí la situación siguiendo a Ricardo Ampudia en su obra
La iglesia
de Roma. Estructura y presencia en México. (FCE, 1998, pp. 255-256): México está viviendo una importante
fractura e la relación Iglesia-Estado. Voy a citar literalmente un texto de Ampudia acerca de los
dos acontecimientos que llevan al conflicto cristero, porque los cristeros y la guerra cristera de 1926-29
son otro personaje en mi novela, esta vez un personaje colectivo: “Dos acontecimientos fueron pretexto
para que desde el gobierno se buscara aún más rígida la legislación en materia religiosa. En febrero de
1921, Monseñor Ernesto Filippi, delegado apostólico en México, bendijo públicamente la primera piedra
a Cristo Rey en el Cerro del Cubilete, contraviniendo el artículo 24 constitucional, por lo que consecuentemente
fue deportado. El otro hecho de relevancia ocurrió el 5 de octubre de 1924, día en el que se celebró
el Congreso Eucarístico Nacional. Tres días después, el gobierno emitió un decreto cesando a los empleados
públicos que hubieran participado en las reuniones o adornado sus casas con ese motivo”. El 4 de
febrero de 1926 el arzobispo Mora y del Río señala que “la protesta que los prelados mexicanos formulamos
contra la constitución de 1917 en los artículos que se refieren a la libertad y dogma religioso se mantiene
firme”. Esto es, abreviadísimo, el esquema de los acontecimientos en el que entra mi personaje: tenemos
una guerra civil en marcha cuyo relato pormenorizado he podido seguir en los tres tomos de Jean
Meyer que lleva por titulo La cristiada. Me he servido además de un fondo documental cinematográfico,
las cinco videocasetes de Nicolás Echevarría que se titulan La epopeya cristera y cuyo narrador es, precisamente,
Jean Meyer. ¿Debo indicar aquí todo el copioso material que tengo a mano? Ciertamente es mi
intención una vez que la novela esté terminada, escribir un epílogo bio-bibliográfico donde se recojan todas
mis investigaciones, lecturas, material histórico en general, que han servido para la composición del
libro. Pero el lector de este artículo deseará saber más, saber, sobre todo, otras cosas. Tenemos tres personajes individuales: Isabel, Indalencio y Ubaldo Zamacois, más un personaje colectivo, los cristeros, más
otro personaje individual nuevo, que sólo se esbozó al comienzo de la novela, Guadalupe, la amante mexicana
de Indalencio Cuevas. Al regresar a México casado con Isabel, tras haber pasado un año y pico en
Santander, Indalencio se encuentra con un México terriblemente agitado y cambiado con respecto al México
postrevolucionario que él había conocido. Una de las personas más alteradas que encuentra es su propia
amante, Guadalupe, que, arrastrada por sus familiares cristeros de Guanajuato, está a punto de convertirse
en cristera ella misma, y dedicarse, como muchas mujeres católicas de su edad y época, a pasar dinero
y “parque” (armas) a la guerrilla católica.
El lector de este artículo que haya leído algunas de mis anteriores novelas, en especial
La cuadratura
del círculo y El cielo raso, empezará a darse cuenta de por dónde van a desarrollarse estas ideas expuestas
aquí tan someramente: Isabel va a sumergirse en un conflicto profundamente mexicano, que es el
de la relación de los mexicanos con la religión católica, por una parte, y con los ideales laicos de la revolución
por otra. En la revista de prensa de El país del viernes 2 de agosto de 2002, se recoge un texto del
diario mexicano La jornada titulado “Atraso mediático”: “Estos días de visita papal serán recordados como
uno de esos momentos deplorables en los cuales el México oficial da la espalda al México real. La
asistencia de la mayor parte del gabinete a ese rito representó un nuevo y flagrante delito a la laicidad del
Estado”. Aquí tenemos, expresado con palabras del siglo XXI y en un periódico del siglo XXI, todavía el
conflicto e el que yo he sumergido a mi personaje, el conflicto que Jacques Lafaye, en su libro
Quetzalcóalt
y Guadalupe. La formación de la conciencia nacional de México, (primera edición en español, de
1977, FCE) expone en términos de un “abismo de conceptos entre identidad, nación, mexicano”. Ahora
bien, al escribir mi novela, y no obstante haberme puesto en contacto directo con jóvenes escritores mexicanos
como Juan Villoro, yo he tenido una voluntad muy clara y firme de servirme de material bibliográfico,
es decir: material ya elaborado y, por así decirlo, de segunda mano, frente al material que pudiéramos
llamar inmediato, o de primera mano, o adquirido por experiencia propia, del que se sirven y se
ufanan algunos narradores españoles contemporáneos míos. De la misma manera que la invención de Isabel
depende de un material ya codificado y metamorfoseado, un cuento ya contado, así también, para la
elaboración del ambiente mexicano donde mi personaje va a vivir la última parte de su vida y donde va,
según creo y espero, a adquirir una dimensión humana depende de un material de segunda mano. Y se preguntará
el lector por qué he ido a elegir, precisamente, ese momento conflictivo de la historia mexicana,
este momento tan paradójico de la historia mexicana que, hasta que Jean Mayer en 1970 no escribió su
cristiana, no había sido tenido oficialmente en cuenta en la historiografía de México. El asunto es que mi
personaje debe verse arrastrado por fuerzas que le sobrepasan enteramente y los conflictos socioculturales
de ahora y de entonces donde, inevitablemente nos vemos todos envueltos, nos sobrepasan siempre a
todos nosotros, y en ese sobrepasarnos y desbordarnos, y de acuerdo con lo que seamos capaces de hacer
con ellos y con nosotros mismos, nítidamente nos defienden. A medida que pasan los años, cada vez más
la eticidad de mis personajes va trenzándose dialécticamente en torno a la gran muerte de Dios, es decir:
a la función de la religión y las religiones en la vida de los individuos. Esto es lo que va a ocurrirle a Isabel
y también a todos los demás. Fascinantemente, el tema de la laicidad es en México mucho más vivo y
virulento hoy en día, en el año 2002, de lo que es en España. Los cuarenta años de franquismo, más los
venticinco años de democracia pactada han funcionado como una gran adormidera. Aún dentro de una
constitución aconfesional como la nuestra caben resquicios y trampas para que la Iglesia católica mantenga
sus exigencias y haga notar su presencia. En la mediada en que todo novelista o todo escritor se compromete
y habla siempre con su propio tiempo real, yo también deseo hacerlo así en esta novela mía. Pero
una novela no es una tesis doctoral, es ficción, es invención, no es nunca histórica, sino siempre ficción
histórica, no es nunca psicología sino siempre ficción psicológica, no es nunca filosófica o ética sin siempre
ficción filosófica o ética. ¿Cómo demonios va a salirme todo esto? El lector que ha llegado hasta este
punto y que está apunto de terminar este artículo y ha leído alguna de mis novelas anteriores, en especial
La cuadratura del círculo o El cielo raso, está en condiciones de aguardar, armado hasta los dientes, mi
nueva novela titulada Una ventana al norte.
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