norberto luis romero

Norberto Luis Romero nació en Córdoba, Argentina (1951). Es director y profesor de cinematografía. En 1983 publica en Editorial "Noega", de Asturias, su primer libro de cuentos, Transgresiones, y en 1988 el mismo libro aparece en Argentina publicado por "Alción Editora". Tras un largo silencio aparece en 1996 con El momento del unicornio, en "Ediciones Nobel", de Asturias, simultáneamente con su primera novela Signos de descomposición, en la editorial "Valdemar", de Madrid, donde en 1999 publica su segunda novela La noche del Zepelín y en 2002 la tercera: Isla de sirenas. En 2003 la novela Ceremonia de máscaras, en "Laertes", Barcelona. En 2004, en "Leaping dog press", de Virginia, The Last night of carnival, libro de relatos, en traducción de H.E. Francis, y en 2005 la novela Bajo el signo deAries, en la editorial "Egales" de Madrid/Barcelona.

 

 

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no estoy contento de mí mismo
he incumplido la tarea de ser yo
he faltado a las normas del colegio
y no besaré ya más el culo de un gato
andaré ahora entre monos
como en el Laoconte de los monos
belleza perfecta hecha para ser sólo
el novio único de la nada

leopoldo maría panero

 

 
    

 

insomnio del fauno

norberto luis romero

       Me desperté. El eco de una sirena flotaba en el aire denso y caliente, y anudaba sus aullidos a la trama angustiosa del sueño del que me costaba desprenderme. Aún estaba oscuro y la casa ahora inmersa en el absoluto silencio dominical, un silencio cómplice con otros similares en las casas vecinas, donde también el calor volvía pastoso el aire. Miré la esfera luminosa del reloj y eran las seis y diez de la mañana; demasiado temprano, esa hora extraña en que el mundo se debate indeciso entre ser o no ser, entre dejar entrar la luz del día e iluminar las conciencias, o bien darse la vuelta y permanecer en las tinieblas y en la ignorancia. Había sudado, mucho, acaso por culpa del edredón, que mi mujer se empeña en mantener hasta bien entrada la primavera porque siempre tiene frío: no soporto el invierno, se queja, el frío se me mete en los huesos; sería feliz en una isla del trópico: todo el día al sol. Ella dormía profundamente, como si no respirase, dándome la espalda, dando también la espalda al mundo que, como ella, prefería el sueño a enfrentarse a sí mismo. Percibí un desasosiego incómodo en la entrepierna, una desazón que conocía de otros despertares. Llevé una mano allí y palpé la dureza insoslayable de una erección. Había estado soñando... casi siempre el mismo sueño con ligeras variaciones... en el sueño había estrellas, muñecas de plástico... tibias y escurridizas. Me quedé quieto, aferrando con una mano aquel objeto vivo y callado. Me sentí el único ser humano que vigilaba la oscuridad en espera del alba, y temí ser también el único testigo de un mundo que hubiera decidido por fin no despertar nunca y permanecer oculto en la noche, amparado por esa ambigüedad que la luna propicia: la tenue frontera entre la realidad y el sueño.
       Mi mujer seguía durmiendo: tiene el sueño pesado, ni un bombardeo podría despertarla a estas horas. Me pegué a su cuerpo cálido, mi dureza a su espalda y la besé en la nuca, entre una maraña de cabellos olorosos a champú de manzanas. La abracé con fuerza y palpé sus pechos cálidos y escurridizos.
       Ella murmuró algo que no entendí y luego dijo, con un ronroneo subterráneo e inconsciente:
        Déjame...
       Yo insistí, me deslicé un poco hacia abajo y me pegué a sus glúteos.
       Déjame dormir, dijo ella. El tono era resuelto, esta vez desde la consciencia.
       Otra vez ese sueño, le dije. Pero había vuelto a quedarse dormida.
       Llevé una mano hacia abajo y le separé las nalgas.
    ¡Quita!, e hizo un gesto de fastidio con la cabeza cuando instintivamente apretó los músculos para impedirme el paso.
       Ven aquí... insistí.
       Déjame en paz, no quiero. Y me dio un codazo en el vientre. Le gusta hacerse la estrecha.
       Chasqueé la lengua. Me di la vuelta y de buena gana le cedí mi parte del edredón y también de la sábana . Ella volvió a dormirse, o lo fingió, como sabe hacerlo. Permanecí boca arriba recibiendo el aire que circulaba con irritante ineficacia, soportando esa verticalidad a plomo entre las piernas, que ni siquiera el ligero cambio de temperatura abatía. Oí a lo lejos otra vez una sirena, se fue acercando y debió de pasar frente a casa porque un leve tono azulado se reflejó en el techo oscuro: una ráfaga fugaz como la descarga eléctrica de una rayo. Una ambulancia, quizá la policía. En este barrio a veces ocurren cosas raras: como la vez que nuestros vecinos de enfrente estuvieron a punto de matarse el uno al otro y tuvo que venir la policía a impedirlo. Los gritos de ella eran exasperantes, de histérica, pero lo que más me irritó fue ver a su hijo pequeño en pijama y descalzo, llorando muerto de miedo, oculto detrás de un seto del jardín. Después desaparecieron del barrio y nunca supimos el motivo de tal bronca.
       Mi mujer se arrebujó en la cama como una gallina en el nido, se encogió como un ovillo de carne tentadora, ajena a la sirena, al destello azulado, al calor, a mis sueños, indiferente a todo.
       Desnudo, me levanté y me planté frente a ella, que seguía con los ojos cerrados, demasiado apretados para estar dormida de verdad, como si pudiera engañarme. Tenía sed, la garganta reseca y la boca pastosa y decidí bajar a la cocina. Sentí la textura áspera de la alfombra de la escalera bajo mis pies desnudos y el sudor dejó mis huellas entre las corolas amarillas gastadas. Mientras descendía por un jardín artificial, un sendero de fibra sintética cuyas flores no olían a nada, volví a inquietarme ante esa especie de niebla o desmemoria que no me deja comprender qué es eso blando y escurridizo que aparece en el sueño, ni el porqué de las estrellas brillando a mis espaldas, como inmensos ojos vigilantes sin párpados.
       No di la luz: desde la calle entraba por la ventana de la cocina un resplandor enfermizo: la luminosidad débil y macilenta de las farolas todavía encendidas. Llené un vaso y sentí el agua templada como un caldo. Me enjuagué la boca y escupí en el fregadero; mi mujer no quiere verme escupir porque le parece vulgar. Un día le pregunté si no se había dado cuenta de que se había enamorado de un hombre vulgar y había acabado casada con él porque ella tampoco tenía nada de especial. No me respondió, pero me miró con una mirada en la que me fue fácil ver cierta conmiseración, aunque nunca supe si por ella o por mí.
       Busqué en la nevera: quedaban pocas latas de cerveza y todas de esa marca que no me gusta nada y que ella se empeña en comprar porque es unos centavos más barata y la anuncian en la tele. Me senté a la mesa ante la ventana abierta: quedaban algunas estrellas en el cielo, como las del sueño pero de aspecto más inofensivas, brillando con pereza. Todo el vecindario dormía menos yo, salvo que en las otras casas también hubiera hombres insomnes como yo, acosados por sueños oscuros, por el calor y la sed, y por violentas y espontáneas erecciones que sus mujeres despreciaban. Observé una a una las ventanas de las casas de enfrente, pero todas estaban en silencio, quietud y oscuridad, porque todos daban la espalda al amanecer y sus certezas. En el frutero, entre unas manzanas amarillas arrugadas, había un par de juguetes de Tamara: una tacita de plástico con flores, y una muñeca pequeña y sucia, con jirones de pelo amarillo desgreñado. Jugueteé con ella, me la llevé a la nariz: olía a manzanas, a viruta de lapiceros acumulada en el interior de un sacapuntas, a aula de colegio abarrotada de críos. Le levanté las diminutas faldas de tela: no llevaba braguitas; tampoco tenía sexo, ni siquiera una insinuación. A todos los muñecos los hacen iguales: lisos como los ángeles, lo mismo da que sean niños o niñas. Acerqué su boca menuda a mi pene, allí abajo, y el pelo amarillento de plástico me produjo un cosquilleo que hizo brotar una gota transparente y densa que limpié en las falditas. En ese momento se extinguió la última estrella que agonizaba, la mirada sin párpado dejó de juzgarme.
       Volví a dejar la muñeca en el frutero, sentada con las piernecitas rígidas abiertas sobre una manzana. Desde allí parecía mirarme con sus ojitos pintados, y recriminarme en silencio que le hubiera humedecido las faldas. Cogí una manzana dispuesto a darle un bocado, pero un machucón pardo y ligeramente hundido, con una consistencia pulposa insinuándose bajo la piel, me hizo desistir. Con este calor todo se pudre. En realidad, las manzanas no son mi fruta preferida... ni de nadie en casa; creo que mi mujer las compra sólo para adornar y acaba tirándolas al cabo de los días. Tira las manzanas pero ahorra en las cervezas...
       El calor parecía hacerse cada vez más pastoso, y la empecinada erección amenazaba con estallar si no hacía algo para aplacarla. La veía allí, acechando bajo la mesa, sobresaliendo de la penumbra como un mástil, rozando con la punta amoratada el mantel a cuadros. Mi mano rodeó el cuerpo duro y carnoso, reconoció su pertenencia inquebrantable y lo aprisionó con fuerza como si quisiera estrangularlo y abatirlo... ¿por qué abatirlo?, me dije.
       Las farolas de la calle se apagaron de golpe produciendo un ligero pero audible chispazo, y la calle y las fachadas de las casas vecinas parecieron desvanecerse bajo la noche. Estaba prácticamente a oscuras: el piloto del teléfono inalámbrico colgado en la pared difundía una luz verdosa muy tenue, que se fue intensificando e invadiéndolo todo a medida que mis ojos se habituaban a la penumbra. Todo mi cuerpo era verdoso y velludo, como el de un animal fantástico, irreal, surgido de un sueño. Allí abajo, aquel objeto palpitante que energía de un enjambre renegrido también lo era.
       Decidí volver a la cama y al incorporarme sentí el roce del dobladillo del mantel como una descarga eléctrica en el glande amoratado y brillante. Tropecé con la mesa y la muñeca que coronaba la manzana bailoteó y cayó del frutero a la mesa, y de ésta al suelo donde quedó boca abajo.
       Subí las escaleras procurando hacer el menor ruido. Creo que en ese momento amanecía, porque vi mi propia sombra proyectada en la pared, similar a la silueta del fauno en el vaso de cerámica que habíamos traído de Grecia de nuestra luna de miel, y que rompió Tamara. A mi mujer le había hecho mucha gracia el original exhibido en una vitrina del museo de Atenas, y a pesar de que éste era una reproducción comprada por unos centavos en un tenderete del puerto, a ella le parecía fino y auténtico, y lamentó mucho su pérdida.
       Si volvemos algún día a Grecia compraremos otro igual, ¿verdad? Y me había mirado con un gesto de íntimo desamparo mientras arrojaba los trozos al cubo de basura, porque a ella le traía más recuerdos gratos que a mí.
       “Este fauno me recuerda a ti”, me había dicho aquella primera noche, volviendo sus ojos con picardía infantil hacia el vaso que, con su etiqueta de origen al cuello, descansaba sobre la mesilla señalando con su enorme falo a la ventana. Lo había dicho mientras se apretaba a mi cuerpo y reía satisfecha, desnuda por primera vez entre mis brazos, con ese brillo indomable y sin pudor en los ojos, en aquella triste habitación de hotel de dos estrellas, que daba al mar y olía a salitre por las noches y a desperdicios fermentados y peces muertos por la mañana. Me había sorprendido que de verdad fuera su primera vez, no lo creí, todavía hoy me resisto a creerlo.
       Yo había intentado pegar pacientemente los añicos, pero me fue imposible. Tamara insistió en que no lo había hecho adrede, pero yo intuía que sí, porque el fauno la asustaba.
        A veces es violenta, me dijo mi mujer por lo bajo; no me explico qué le pasa a esta criatura. Yo la defendí, a pesar de la mirada de furia que mi hija melanzaba desde el rincón donde se había refugiado, y que sostuve con una sonrisa cómplice, porque me irrita verla llorar.
       Ya en el rellano, al pasar frente a la habitación de Tamara vi la puerta abierta y me detuve. Dormía plácidamente boca abajo abrazada a su peluche, con el culito al aire, el pelo rubio derramado sobre la almohada. Mi mujer la abriga demasiado, incluso en pleno verano, está convencida de que todos tenemos frío; pero Tamara cuando está muy dormida, se despoja de la ropa y tira a un lado sábanas y mantas. Pensé que era como un ángel de piel sonrosada y palpitante que se hubiera precipitado del cielo, porque en el techo mi mujer pegó esas estrellas de plástico fosforescentes de tinte verdoso, que se exhiben junto a las golosinas, pilas alcalinas y maquinillas de afeitar, próximas a la caja del supermercado.
       Mi sombra continuaba proyectándose erguida y gigantesca, ahora en la pared del fondo, eclipsando el empapelado con gatitos rubios en cestas de mimbre. A mi memoria acudió el olor a salitre de las noches griegas y también aquel otro: el de los peces pudriéndose en la bahía.
       Entré al baño. El espejo me devolvió una imagen inquietante y apagué la luz. Permanecí unos minutos contemplando mi silueta oscura de fauno, furtiva, lejana en el azogue. Pensé en muchas cosas a la vez, pero en nada concreto mientras orinaba copiosamente, aunque con dificultad, con la vista incrustada en la llaga parda entre los azulejos blancos. Aquella tarde yo lo había visto todo. Tamara no supo que yo estaba en el pasillo siguiendo sus movimientos reflejados en el espejo de la sala: se había subido a una silla donde mantenía un equilibrio temerario, había cogido el vaso del estante y lo había arrojado con furia al suelo. Después salió corriendo como una centella, subió las escaleras y se encerró en su habitación dando un portazo.
       Los azulejos volvieron a recomponerse formando un plano uniforme y claro. Mi sexo continuaba ardiendo, clavado allí, inmune a los recuerdos. Me sería difícil volver a conciliar el sueño. Me hubiera gustado dormir como mi mujer, sin enterarme de nada, aunque la casa se viniera abajo como en ese preciso momento en que el camión de la basura hacía un escándalo infernal y apestaba el aire a rancio. Con este calor todo se pudre: las manzanas, los pescados en la arena.
       Al volver a pasar ante el dormitorio de Tamara me detuve: tampoco se había movido -heredó de su madre esa capacidad para sumergirse en lo inconmovible del sueño-, y estaba rodeada de muñecas. Todas parecían mirarme, clavar sus ojos conminatorios en mi erección. Un primer rayo de sol se coló en ese momento por una rendija y le dio de lleno sobre el pelo: vi un destello dorado, un chisporroteo luminoso que me produjo una repentina confusión y noté cómo brotaba una gota de ámbar pegajosa y caía al suelo en silencio, donde era absorbida por la moqueta. Tamara abrió los ojos de golpe, como si despertara de una pesadilla, y me miró fijamente: sus labios trazaron el rictus próximo al llanto, a ese llanto silencioso que siempre acaba enfureciéndome... Me acerqué con un índice sobre los labios y agitando el otro en alto. En ese instante, las estrellas del techo apagaron de golpe su brillo enfermizo.
        Mi sombra continuó creciendo, ajena a mí, como si tuviera vida propia. Tamara no dejaba de mirarla, con los mismos ojos desmesuradamente abiertos con los que huía del fauno dibujado con finas líneas rojas sobre el fondo negro. Me incliné y suavemente se los cubrí con una mano -ella gimoteó bajito.
       No querrás que mamá se entere de lo del jarrón, le susurré al oído, señalando hacia la habitación vecina- y con la otra me cercioré una vez más de que era una muñeca de las que aparecen en mi sueño, una muñeca de plástico, escurridiza y sucia, pero capaz de aplacar mi insomnio.

 

 
 


   
 
 
 

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