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ladrido
alexis castro peñalva
Hoy venía de vuelta a casa,
andando por la acera,
sobre el césped.
Tenía la mente un poco histérica,
debatiéndose entre el sueño y los nervios
y la angustia,
cuando de repente un engendro
de un cuarto de metro, sin pelo, marrón y deleznable,
saltó hasta las verjas de la puerta de una casa
y me gritó me ladró como si no fuese más que el hueso
que alguna vez quizás hubiese mordido y lamido con
desdén.
"Es un mundo hostil", pensé yo.
Los mosquitos, blancos y negros, se cebaban
se ensañaban con mis ojos, que lo único que habían
hecho era mirar.
"El dolor es absurdo porque existe, nada más", dijo
alguna vez alguien
a quien alguna vez amé, o quizás ame.
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