relato
Primera hora de la mañana en Madrid: Rayuela, recogido en el número
uno de la revista literaria Parnaso, y del conjunto de hiperbreves La vida
después, que, en diciembre de 2003, apareció en Vulture, publicación
valenciana destinada a impulsar la obra de jóvenes creadores. En octubre
de 2004, su cuento Despertar en Sarajevo obtuvo el Primer Premio de
relato del portal cultural El Perchero. Junto con seis textos más, Despertar
en Sarajevo integra el que ha sido hasta ahora su proyecto más ambicioso:
el desarrollo de La vida después, que en julio de 2006 se convirtió en
su primer libro concluido. Actualmente, Marina busca editor y vive inmersa
en lo que más le gusta, la Literatura. Profesionalmente, dirige una librería
y, en su tiempo libre, lee y no deja de escribir ficción (una muestra de
su producción cotidiana se encuentra en http://nomellames.blogia.com,
el blog que su alter ego, Eli, mantiene desde febrero de 2005).
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no estoy contento de mí mismo
he incumplido la tarea de ser yo
he faltado a las normas del colegio
y no besaré ya más el culo de un gato
andaré ahora entre monos
como en el Laoconte de los monos
belleza perfecta hecha para ser sólo
el novio único de la nada leopoldo
maría panero
olfato
marina sanmartín
Ya es primavera. Sentada sobre la lavadora, en la galería, ha levantado la
vista para encontrarse con un cielo encapotado, salpicado de pájaros negros, que
le ha parecido que huían. Ella no se da cuenta, pero le brillan los ojos. Le brillan
mientras saca con un cuidado extremo el mechero de la cajetilla de tabaco medio
vacía, escondida de Alberto debajo de las pinzas; mientras enciende el primer pitillo
de la tarde y al dejar escapar el humo hacia ese cielo plagado de nubes, que
se niega a sí mismo la llegada de la estación.
Apenas son las cinco. Dentro de quince minutos notarán su ausencia: no
habrá nadie esperando a Tito a la salida del colegio.
Es muy puntual. Sabe que la profesora intentará tranquilizar al crío aunque
en el fondo se estará preguntando qué le ha podido ocurrir a esa madre que
no se retrasa nunca.
Pasará media hora, quizás una, y Tito hará pucheros sintiéndose el ser más
desamparado del planeta. Entonces la llamarán al móvil desde la escuela, pero dejará
que suene. Sin más remedio, localizarán a Alberto en su trabajo y será él
quien, confuso, salga antes de la oficina en busca del niño. Luego llegarán a casa
y ella se habrá ido.
¿Qué le quedan? ¿Dos caladas? Puede que tres. Cuando la colilla caiga al
suelo no la recogerá. Quiere dejar un rastro, no pretende desaparecer de la memoria
de Alberto, sino agujerearla, hacerle un boquete tan grande como el agujero
que siente ahora mismo en el estómago, imposible de llenar con nada.
Vuelve la mirada hacia la cocina, donde una bolsa de deporte con lo indispensable
la espera alerta, igual que un perro. Por un momento cree oírla jadear
de impaciencia. “Hay que marcharse”, le suplica con húmedos ladridos, “hay
que escapar ya”.
Quiso a Alberto una vez. Lo piensa al levantar el escueto equipaje e incorporarse
de nuevo, mientras descubre su reflejo en el cristal impecable del horno:
la imagen de una mujer joven e insegura, que pauta la vida de acuerdo a los
momentos en que puede fumar a escondidas, pendiente de las rutinas de su hijo.
Lleva un chándal gris y el pelo despeinado, la cara rasgada de greñas rubias.
Alberto jamás le ha puesto la mano encima, pero hace un par de años le
negó el dinero para comprarse unos vaqueros y empezó a tratarla como si fuera
un electrodoméstico: Alberto quiere a la televisión porque le permite ver el fútbol,
al microondas porque le calienta la leche tan rápido que puede desayunar tranquilo sin llegar tarde a trabajar; y a ella porque se encarga de Tito y le calma las
ganas de sexo cuando vuelve a casa borracho, después de callejear con los amigos.
Y a pesar de todo, una vez, ella también le quiso. Enamorada de él, se
quedó embarazada a los diecisiete años y sin saberlo, inició un camino; un viaje
extraño que hoy debería terminar. Nunca imaginó que acabaría sola, en la cocina
aséptica de una casa vacía que no siente suya, arañando el pasado minutos antes
de salir por la puerta para siempre.
Ahora empieza a llorar. Rendida, vuelve a dejar la bolsa en el suelo y se
sienta junto a la mesa donde cada mañana sirve el desayuno. De repente le parece
ver a Alberto entrando con el andar propio de un adolescente que no controla
la longitud de sus extremidades ni su altura, aún dormido, envuelto en un halo
de somnolencia que le impregna la ropa y la expresión.
Como un fantasma que actúa en otro plano, coge el vaso del café con leche
que ella le ha preparado y se lo bebe a sorbitos, sin pronunciar palabra alguna,
hasta apurar la última gota. Después lo deja de golpe en el fregadero y permite
que el sonido del cristal contra la cerámica de la pila se convierta en el
enésimo tañido de una campana que lleva mucho tiempo tocando a muerto.
Invariablemente, a continuación, todavía callado, se acerca mucho a ella
y busca sus manos, las toma entre las suyas sin permiso, con cierta brusquedad.
Entonces se acerca a la nariz las yemas de sus dedos, las muñecas, las mangas
del pijama. Busca la huella de los cigarrillos en el cuello. Estampa contra sus labios,
en segundos, las partículas microscópicas de su aliento. La estudia desde
muy cerca, analizándola con una minuciosidad humillante. Durante apenas un
minuto, peina su cuerpo como quien respeta a pies juntillas las etapas inexplicables
de un ritual.
Hueles a tabaco. –concluye. Se aparta y sale al pasillo. Al poco, se marcha
dando un portazo. La desprecia.
Desde la seguridad de la tarde en que pensaba abandonarle, ríe desquiciada
ante su recuerdo. Lo siente sangrándola; un grillete en su tobillo, del que
no se puede desligar.
Reacciona y, atolondrada, recoge la colilla del suelo, la tira a la basura.
Esconde la bolsa debajo de la cama. Se peina con las manos. Confirma la hora
en el reloj: lo único que pasará es que va a llegar tarde. Tito se lo contará a su
padre por la noche, en la cena, y Alberto la mirará desinteresado, cansado de sus
despistes, harto de ella…
Pero al día siguiente volverá a olerla.
Las cosas están bien como están.
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