Nació en 1944 en La Plata, Argentina.
En 1976 se vio forzada a
exiliarse en España amenazada
de muerte por la Triple A de Isabel
Perón. Actualmente reside
en Las Palmas de Gran Canaria.
Es licenciada en Magisterio y Psicología
Clínica. Ha ejercido como
docente en la enseñanza
primaria, secundaria y universitaria
y como psicóloga en sus
facetas de psicoterapia y comunicación.
Asimismo, es autora
de numerosos artículos de
opinión (Ozono, Mujeres, Revista
Internacional de Arte Lápiz, Época,
El Faro de Vigo, Amigos del
Teatro del Teatro Juan Bravo de
Segovia, etc.) y de guiones para
Televisión española y cadenas
locales. Colabora como articulista
en diversos medios y
portales de Internet. Su novela
La insensata geometría del
amor (Plaza & Janés, España,
2001) está y continúa traduciéndose
a diferentes idiomas.
Otras obras: Punto y aparte, relatos
(Ed. Egales, España, 2004);
Detectives BAM, teatro de humor
(Ed. Ellas, España, 2005); coautora
de Mein Lesbisches Auge
5 (Konkursverlag, Alemania,
2005); 72 juegos para jugar con
el espacio y el tiempo (Primera
edición: Ed. Popular, España,
1982. Segunda edición: autorasenred.
com, 2005).
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no estoy contento de mí mismo
he incumplido la tarea de ser yo
he faltado a las normas del colegio
y no besaré ya más el culo de un gato
andaré ahora entre monos
como en el Laoconte de los monos
belleza perfecta hecha para ser sólo
el novio único de la nada leopoldo
maría panero
una y divisa
susana guzner
No es que Maca sea grosera. Mejor dicho: en el sentido estricto del adjetivo
sí lo es, y tanto. Pero con mayor propiedad parecería sufrir alguna atrofia en
el área de la sinceridad. “Hipersinceritis”, supongo que denomina la ciencia a este
peculiar trastorno ¿Los síntomas? El más descollante es que larga a bocajarro
cuanto piensa y siente sin una previa visita de cortesía a la zona cerebral encargada
de gestionar cómo y cuándo manifestar aquello que una piensa y siente. Simplificando:
es el prototipo de lo políticamente incorrecto, antes denominado “mala
educación que te cagas”. Posee, sin duda, una inteligencia brillante, pero se
niega a aceptar que muchas de sus opiniones, por más honestas que las considere,
son carne del repudio público. Porque… ¿A quién se le ocurre espetarle a una
oronda madre que su bebé es feo de carajo? Sí, en efecto, es evidente que el ex
feto se resiste a abandonar su condición de tal, pero lxs demás miramos a esa pasa
de Corinto abotagada y peluda y exclamamos “¡Pero que simpático es!” u otra
lindeza al uso. Maca no. Va y lo llama feo de carajo. Muy fuerte ¿Verdad?
– Tú estás de acuerdo conmigo – me reprocha a menudo – pero eres cobarde
y vas de niña buena. Yo me niego a la hipocresía. Las cosas por su nombre
y aquí paz y en el cielo gloria.
Vale. Puede que yo esté demasiado domesticada y es cierto que coincido
en muchos de sus puntos de vista, pero Maca, por favor ¡No vayas soltando por
ahí que las personas de raza negra huelen a meados, es un comentario horrible!
“Para nada – me refuta – es una descripción desapasionada. Los negros dicen que nosotrxs apestamos a cadáver. Dado que estoy habituada a nuestro olor no lo distingo,
pero es muy probable que seamos un velatorio ambulante ¿Por qué no puedo
hablar de mis sensaciones olfativas? Los gitanos emanan olor a cabra y los
orientales a flores podridas… ¿Malo o bueno? Ni lo uno ni lo otro, es como es,
pura objetividad”.
Lógicamente se le rehúye como al diablo. Pero no por mucho tiempo, justo
es reconocerlo, porque Maca posee la peculiar virtud de emitir sus digamos…
extemporáneos pareceres sin estridencias, la voz de seda, ni un vestigio de agresividad
y además se acompaña de una sonrisa angelical. Por otra parte, cuando la
“hipersinceritis” no aflora, es una mujer como para enamorarse al instante. Se podría
pensar que la estoy disculpando y es muy probable que así sea, pero reconozco
que en muchas ocasiones asevera lo que yo y seguramente muchas personas
estamos pensando pero enmudecemos como sardinas.
Su hermano es alumno de un curso de gastronomía. Ha cocinado una sofisticada
tarta y la presenta orgulloso a sus comensales, entre las cuales me cuento.
Reparte las porciones, hincamos la cuchara y… el comistrajo es francamente
asqueroso. Sí, por supuesto, Maca ya está diciendo: “nene, no solamente está cruda
sino que sabe a trapo viejo”. Silencio sepulcral, Tono – su hermano – rojo de
ira y el resto telegrafiándole callados reproches por su cruel comentario. Nos devuelve
los telegramas sin leerlos con la mejor de sus candorosas sonrisas. Y es
que lleva razón: el malhadado dulce sabe exactamente a trapo viejo, mejor definición
imposible, y por supuesto le falta una buena media hora de horno. Pero vivimos
en sociedad, caramba, nos regimos por normas explícitas y tácitas, códigos, ese algo llamado urbanismo, modérate, niña, o trágate la lengua, puesto que
no sabes o no puedes sofrenar tu enfermiza manía de ser sincera caiga quien caiga.
– Reny – me pregunta con vocecilla de perita en dulce – ¿No crees que a
Tono le ayuda más la veracidad que los falsos elogios a esta porquería? Así no
aprenderá nunca…
Me hace dudar, la tía ¿Hasta que punto somos hipócritas y mentimos o camuflamos
lo que realmente desearíamos manifestar a gritos?
Y más. Hace poco a la hija adolescente de una amiga la atropelló un coche
y murió en el acto. La conmoción fue tremenda para quienes la conocíamos.
Estábamos telefoneando en cadena la mala nueva cuando alguien rogó: “que no
se entere la abuela, la mataría, se lo diremos de a poco, primero una enfermedad,
luego una operación extrema y finalmente la muerte”.
Todxs de acuerdo excepto, cómo no, Maca “¿De verdad creéis que le va a
afectar? Los viejos son insensibles, han visto morir a tanta gente que una más o
menos…”. ¡Monstruoso, indignante, es impía! Y sin embargo, bien mirado… Las
personas ancianas se han acorazado ante las muertes ajenas, ocupadas como están
en cronometrar la propia. Y eso es ley de vida, no signo de insensibilidad.
Luego están los hombres, el tema social más delicado de su repertorio. A
Maca le provocan dentera. No les dirige la palabra salvo lo imprescindible; si se
le sientan al lado cambia de lugar, no ríe sus chistes ni polemiza con ellos, en resumen,
su burbuja personal está blindada para los varones. Huelga decir que su
actitud genera un revuelo descomunal. Radical, andrófoba, racista. “Como si fueran
una raza aparte de la humana - replica. Además ¿Por qué está permitido que
no te guste la paella, por ejemplo, pero odiar a los hombres provoca catástrofes?
¿Son más importantes que una paella, acaso? No lo comprendo”.
- Mujer, son seres humanos, no granos de arroz…- intento explicarle, aunque,
para qué engañarme, yo tampoco pierdo el sueño por ellos y los frecuento lo
menos posible.
- Ya, Rena, pero es que no han de interesarme por decreto. Me aburren, no
significan nada para mí y hasta el más pintado lleva un machista cavernícola en
los genes ¿Por qué debería hacer el paripé y fingir que me fascinan?
- Porque está mal visto, chica. Si lo piensas, cállate, pero esas cosas no se
dicen…
Refunfuña, me reprocha que asfixie su espontaneidad obligándola a disimular
sus sentimientos, me acusa de cercenar su libertad de expresión. Duele oírla,
porque amo la libertad de expresión tanto como ella, pero hay límites, digo yo.
Y me apena porque después de todo soy su ser más cercano, la conozco
del derecho y del revés, me gusta tal y como está hecha, intocada, como una chiquilla
que no entiende de reglas sociales y lo paso fatal cuando la atacan furiosamente
por sus destemplanzas.
Es más: la amo entrañablemente, ella sin compromiso, yo también, y si no
fuera porque somos intrínsecamente inseparables seríamos pareja, seguro. Con nadie
más podría tener una compenetración tan intensa y pasional aunque ella se exprese
de mala manera según los cánones y yo sea políticamente correcta y muy
apreciada en nuestro círculo social.
Pero sería un amor del todo imposible. Es tan inherente a mí como la llave
a la cerradura o el ojo a su cuenca, y amarse a sí misma es sano sólo hasta un
determinado límite, cruzado el cual me adentraría en la egolatría. Maca, Rena...
Por cierto: Me llamo Macarena, como la virgen reina de Sevilla. Somos las dos
caras de una misma luna, la bella y la bestia, el yo y su otra, una, divisa e indivisible.
Yo misma y mi circunstancia, sin ir más lejos.
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