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no estoy contento de mí mismo
he incumplido la tarea de ser yo
he faltado a las normas del colegio
y no besaré ya más el culo de un gato
andaré ahora entre monos
como en el Laoconte de los monos
belleza perfecta hecha para ser sólo
el novio único de la nada leopoldo
maría panero
un zulo en el alma [prólogo de odio enamorado]
patxi irurzun
El germen de
Odio enamorado me infectó durante un turno de noche, en una fábrica de plásticos
inyectados. Yo tenía que cortar con un cúter las rebabas de unos cajones para frigoríficos que salían por
una cinta transportadora. Uno detrás de otro, uno detrás de otro... No podía parar ni para mear, porque cuando
volvía del baño me encontraba con una montaña de aquellos cajones, esperándome para ser desorejados.
Mi única distracción era una pequeña radio, en la que movía frenéticamente el dial, para espantar a
todos los oyentes que se posaban sobre él como moscas gordas y verdes, y que arrastraban en sus patitas
todavía restos de la mierda sobre la que habían estado posados (los maderos alcohólicos a los que la farlopa
no les dejaba dormir y que llamaban a los programas para insultar a los “moromierdas”; los taxistas
fachas y aburridos; los locutores franquistas, desterrados a los más profundo de la noche radiofónica...).
De vez en cuando, también se colaba alguna otra mosca a la que le habían arrancado las alas, pero entonces
no era el asco lo que me hacía cambiar de cadena, sino un sentimiento de pudor e impotencia, al escuchar
los testimonios desesperados de mujeres golpeadas, adolescentes suicidas, viejecitos solos y rotos...
Una noche, mientras deambulaba de emisora en emisora, el dial se detuvo en una que emitía una música
extraña, preciosa, tan reparadora con la vida que incluso me hizo olvidar aquel trabajo mecánico y aniquilador,
en la cadena de producción. Al menos durante los tres o cuatro primeros minutos. Después me di
cuenta de que la melodía no hacía sino repetirse cada 10 o 20 segundos, y se convirtió en una tortura, en una
erección priápica, que se prolongaba hasta convertirse en dolorosa, nada placentera. De todos modos aguanté
el tirón todavía durante un buen rato, con curiosidad gatuna, dispuesto a sacrificar una de mis siete vidas
con tal de saber cómo acababa aquello, si reventaba en un orgasmo cósmico de hermosura sobrenatural.
Pasó otro cuarto de hora. La música llegaba ya hasta mis oídos fría, plástica, inhumana, del mismo
modo que a mis manos los cajones de frigorífico por la cinta transportadora.
–¿Quién puede haber sido tan torpe, tan cruel, para dejar que una música como ésta se pudra en su
propia belleza?– me preguntaba.
(La maquinaria ya estaba en marcha. La situación, el personaje...).
Me dije que sólo una mente enferma, maníaca, alguien radicalmente malvado podía haber ideado
una música como aquella, hipnótica hasta la enajenación… Y sin embargo, aquel monstruo había tenido
un impulso creador, y a su naturaleza le había sido dada la capacidad de vislumbrar la belleza, aunque sólo
fuera un relámpago, 10 segundos de talento en toda su existencia.
Apagué la radio. No quería saber nada más. No quería oír regresar al locutor y oírle disculparse
por haber salido a fumarse un cigarrillo tras dejar pinchado un disco rayado. No quería que nada distrajera
a ese germen que comenzaba a escarbarme hambriento en lo más profundo.
Durante las noches siguientes lo fui engordando con otros programas radiofónicos. A menudo sintonizaba
uno de música de blues, y dejaba que las voces desgarradas de Janis Joplin, de Bessie Smith, o
la guitarra afinada como un escalpelo de Django Reinhardt, me abrieran en canal, para que aquella novela
que se iba gestando dentro de mí fuera encontrando la salida.
Otro día, mientras regresaba en el coche a casa, puse la radio para oír las noticias y me encontré
con una locutora presa de un ataque de risa, justo cuando hablaba de alguna noticia trágica (algún asesinato,
alguna catástrofe natural, alguna guerra o una hambruna; alguna de esas noticias que han dejado de
ser noticia). Aunque se trataba de un comportamiento a todas luces inadecuado me pareció terriblemente
humano. Tal vez porque a mí también me daba por reírme en los funerales. Era algo que no podía evitar,
nada premeditado. Y desde luego no había en ello insensibilidad, al contrario, se trataba de la otra cara
de la misma moneda: el amor ciego e irracional y el odio calculado, la venganza servida fría; la certeza
de la muerte y el apego a la vida…Todo ello estaba ahí, en un zulo oscuro en lo más intrincado de nuestra
alma, y cuando uno introducía sus manos a ciegas no siempre encontraba las armas adecuadas.
Pero lo que hizo manifestar definitivamente la historia fue algo que me tocó mucho más cerca y mucho
más fuerte, casi como un puñetazo en la boca del estómago, que me arrebató el aliento y me hizo vomitarla,
junto con cuajarones de sangre, pulpas de mi propio corazón. No era para menos: durante mucho tiempo
yo estuve convencido de que había matado a un hombre. A un hombre que me llamaba hermano. Por
supuesto, no lo había hecho con mis propias manos (tal vez así habría sido más limpio, más honesto).
Se llamaba, o al menos así firmaba sus poemas, Alimotxe y colaboraba en el mismo fanzine que yo.
Lo conocí en una fiesta que organizó el editor de la revista en Castellón. No, en realidad lo conocía, o creía
conocerlo, ya con anterioridad, gracias a sus poemas, que parecían escritos con un cúter y en los que Alimotxe
conseguía pulir hasta la perfección ideas, sentimientos que a mí me venían a la cabeza cubiertas de rebabas.
En Castellón apenas hablamos, sólo abrimos la boca para tragarnos latas de cerveza. Una detrás de otra,
una detrás de otra…. Después, cuando regresé a Pamplona, comenzamos a intercambiar correspondencia. Cada
una de sus cartas parecía un tratado sobre los temas más peregrinos (las sagas artúricas, la novela de caballerías,
la generación beat…) y a la vez conseguía hablar, unir a ello con total llaneza, escenas de su vida
de perro apaleado: heroína, escopetas recortadas, sida… Me abrió de tal manera su corazón que yo me acomodé
en él como si fuera mi cuarto de estar: puse las piernas sobre la mesa camilla y le conté toda mi vida.
Para nosotros no había secretos, ni tabúes. Nos convertimos en “hermanos”. Esa clase de hermanos que se
llevan mejor cuando no se ven.
Unos días antes de los sanfermines de aquel año Alimotxe se presentó en mi casa (en la casa de mi
madre). Su aspecto era lamentable: los dientes corroídos por las pastillas, el cuerpo consumido, remendado
con mil picotazos, mil cicatrices como muescas de fugaces visitas a un paraíso que era un infierno… Y sobre
todo aquel olor, el olor pegajoso de su aliento, que por las noches, en mi habitación (donde le acomodé
en una cama supletoria) bajaba como una tenia hasta el centro de mis tripas. Alimotxe sólo conseguía disimular
aquel olor fumándose unas enormes trompetas de hachís, o sacudiendo los pájaros heridos de su árbol
pulmonar con unas toses inquietantes. Otras veces madrugaba para desayunarse un coñac triple y solía coincidir
en la cocina con mi madre, con la que yo le oía desde mi dormitorio mantener largas conversaciones.
Me preguntaba de qué demonios hablaban. Nosotros apenas cruzábamos palabra. Era como si ya nos hubiéramos
contado todo en aquellas cartas. Supongo que por eso el día del chupinazo, Alimotxe me dijo que prefería
pasar las fiestas ir a su aire, dormir en los jardines con los “piesnegros”… Lo único que me pidió fue
dejar su mochila en casa y poder pasarse cada día para recoger su dosis de metadona (que tenían su correspondiente
autorización médica). Yo, sinceramente, me sentí aliviado. Pasé aquel primer día de fiestas, el día
grande de las mismas, fuera de casa, emborrachándome tranquilamente con mi novia y mis amigos. Pero
cuando volví a casa (a casa de mi madre) al día siguiente, ella me dijo:
-Ayer vino la policía preguntando por ti.
-¿Por mí, qué he hecho?
-Tú nada, Alimotxe: le han pillado traficando con drogas. Por lo que se ve tenía derecho a comunicárselo
a alguien y dio tu nombre.
-¿Cómo? No lo entiendo. ¿Por qué?
Era incapaz de pensar, de asimilar aquella noticia. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Alimotxe había dado mi
nombre para que le llevara la mochila, con sus dosis de metadona? ¿Pero, y si dentro de aquella había algo
más, otra plancha de hachís?... De tripas corazón. Esa era la respuesta. Eso era lo que debía hacer. Mi novia,
la que era mi novia entonces, tenía un cuñado que era policía nacional, así que le llamé pidiéndole que me
echara una mano. Nunca me había sentido tan humillado, tan mezquino, tan incómodo conmigo mismo. Para
colmo el cuñado de mi novia estaba de servicio y vino a buscar la mochila de Alimotxe en un coche Z.
En mi barrio había pocas cosas peores que que te vieran hablar con la policía. Lo natural era salir pitando,
o cambiar de acera cuando esta aparecía.
-No te preocupes, ya me encargo yo de que ese Kalimotxo te deje en paz- me dijo mi contacto en el
infierno, lo cual me tranquilizó una barbaridad.
Sin embargo, me callé como un perro. Lo cierto es que no volví a saber nada de Alimotxe hasta dos
o tres semanas después, cuando recibí una llamada de su editor, en la revista de Castellón.
-Patxi, Alimotxe murió ayer —me dijo—. Volvió de Pamplona bastante tocado, ya sabes que estaba
muy mal, con los anticuerpos…Lo soltaron dos días después de la detención y se pasó el resto de las
fiestas emborrachándose, metiéndose de todo… En realidad fue a Pamplona a reventar, eso es lo que me
dijo. También me dijo que estaba muy decepcionado contigo… Lo siento, pero creo que debías saberlo…
Me quedé helado. Bloqueado. Durante varios días. Después, todo comenzó a resquebrajarse. El concepto
que yo tenía de mí mismo. Mi integridad como persona. Siempre me había considerado un hombre
bueno, pero ahora descubría que, como decía Calamaro, “hay algunos hombres buenos que son buenos porque
tienen miedo”. Y que ser bueno era sencillo, lo realmente difícil es ser honesto, mirar en tu interior y reconocer una escombrera, llena de ratas, o al asesino que cobijas y cuyo corazón late disimulado al compás del
tuyo. Yo había asesinado a un hombre. Alimotxe había confiado en mí, me había lanzado un mensaje de auxilio
y yo lo había ignorado. Me había entregado su corazón y yo se lo había arrojado a los perros.
Pasé varios meses realmente afectado. Intentaba agarrarme a algunos argumentos, que llevaban su
parte de razón: Alimotxe también había traicionado la confianza que yo le di, me había mentido… Pero no
resultaba suficiente. Hasta que un día vomité todo aquello. Necesitaba hacerlo. No podía seguir adelante, tenía
que limpiar la escombrera, sacar toda aquella basura que me ahogaba. Y escribí
Odio enamorado. Lo hice
en una especie de trance, como si fuera otra persona quien me lo dictara. Pero no, era yo, y allá estaba todo
aquello que me torturaba: el corazón humano con todas sus contradicciones; la muerte, como una tenia
que llevamos dentro desde que nacemos; la amistad; la traición…
Algunos años después, trabajando como barrendero, vi salir a Alimotxe de un bar del casco viejo de
Pamplona. Lo juro. Se me quedó mirando durante unos segundos, sonrió, me saludó, como un viejo amigo,
y se fue. Desapareció. Como un fantasma. Por un momento me pregunté si toda aquella historia no había sido
sólo una gran farsa. Si Alimotxe, compinchado con su editor, había escenificado su muerte para mí, pero
seguía vivo para el resto del mundo. Probablemente sólo fuera alguien que se le parecía demasiado. Daba
igual. Lo que realmente me importaba era que yo había resucitado para él. Y para mí mismo. Y que lo había
hecho gracias a esa novela que había escrito. Esta novela. Odio enamorado.
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